La madurez es el fin de un largo proceso educativo.

En casa y en el colegio hay que enfrentarles a sus RESPONSABILIDADES

Educar la fortaleza para formar el carácter

 

“In puero, homo”, en el niño ya está el hombre, escribieron los latinos. Y es cierto.

La educación consiste especialmente en preparar a los niños para construir sus propias vidas, en enseñarles a madurar, en inculcarles una serie de hábitos que fortalezcan sus debilidades y multipliquen sus virtudes. Este recorrido no suele ser, precisamente, un camino de rosas.

La educación no consiste en fabricar para los niños y niñas una burbuja idealista, alejada de los afanes, obstáculos y sombras de la sociedad. Los padres superprotectores, de los que se habla a menudo en las páginas de PADRES, cuando pierden el norte, son un peligro para la educación del carácter de sus hijos. Si a los niños no se les fuerza a que se enfrenten ellos solos a sus problemas y debilidades, no estarán preparados el día de mañana para tomar las riendas de su propia existencia.

No se trata de ofrecer continuamente a los niños una visión descarnada, agria y agónica de la vida. Pero tampoco resulta útil hacerles creer a los niños que la vida es una sucesión de instantes sin fin en un parque de atracciones.

Hay, pues, en casa y en el colegio, que enfrentarles a sus responsabilidades. Hay que enseñarles a afrontar las numerosas adversidades con las que se van a encontrar ahora y en el futuro.

La vida es eso: superar con optimismo las dificultades. Esta actitud tiene un importante valor educativo, pues los niños forjan su carácter mucho mejor cuando aprenden a decir que no, cuando moderan sus caprichos, cuando controlan sus apetencias y cuando conocen a su alrededor experiencias que a veces no son nada gratificantes.



En primer lugar, está, como siempre, el ejemplo de los padres. No se puede predicar una cosa y luego, en casa, en la intimidad, dejarse arrastrar por una espiral de comodidades y caprichos sin fin. Todo se pega por ósmosis. Si los niños ven a diario a padres caprichosos en la comida, con las aficiones, con la televisión, con la bebida... será difícil que luego aprendan ellos de manera natural que deben controlar sus apetencias.

Después está la vida en el colegio. El contacto con los compañeros es la mejor escuela para poner los egos en su sitio. Incluso los libros que se recomiendan leer suelen ser una excelente escuela para aprender virtudes y conocer otras realidades sociales e individuales.



La madurez no se improvisa ni viene de golpe.

La madurez es el fin de un largo proceso educativo. Los niños deben, por eso, conocer que existen fatalidades. Como durante su vida, esto va a ser inevitable, es mejor educarles a que cuenten con ellas, sin ocultárselas.

Albert Einstein.