RECORDANDO SU VIDA...

 

Santa Isabel era hija del rey de Hungría y nació el 1207. A los cuatro años es llevada a Turingia, pues quieren unir en matrimonio a sus hijos Luis e Isabel.

Desde niña Isabel llevaba a sus compañeros de juegos a rezar a la capilla, repartía su merienda entre los niños pobres y no quería llevar corona de perlas viendo a Jesús con espinas.

No a todos gustaba esta conducta pero su prometido Luis siempre la defendía. A un gran valor en los torneos, unía Luis una vida ejemplar por sus virtudes y estaba orgulloso al comprobar la santidad heroica de Isabel.

El matrimonio se celebró a los trece años de Isabel y veinte de Luis. Tuvieron tres hijos.

Isabel se distinguió por su heroica caridad. Repartía todas las alhajas, ropas y alimentos del castillo.

Visitaba a los pobres y enfermos. Los pobres la seguían: ¡Madre, madre! Tanto la acusan de manirrota que una vez Luis la reconviene dulcemente: ¿Qué llevas ahí? Y se repite el milagro de Santa Casilda. (Abre el delantal y, en vez de panes, había rosas).

 

Amaba tiernamente a su marido. Si no podía acompañarle, quedaba triste en el castillo.

Para recibirle se adornaba como una novia.

...La prueba llegaría pronto ya que Luis se alistó en la Quinta Cruzada, convocada por Gregorio IX. En Otranto, antes de embarcar con Federico II, murió. Tenía 20 años.

Todo había muerto para ella. Sólo Dios le quedaba.

 

Hubo intrigas por la sucesión de su esposo. Isabel renunció a la mano del emperador Federico II y se instaló en Marburgo, en una pobre choza. Construyó un hospital donde recibía a los pobres y curaba a los enfermos. Sólo guardaba el manto de la Tercera Orden, regalo de San Francisco.

Su director espiritual, Conrado, confirma la heroica caridad de Isabel. Una vez le preguntaron cómo dar limosnas, si no se tenía dinero, y contestó: «Siempre tenemos dos ojos para ver a los pobres, dos oídos para escucharlos, una lengua para consolarlos y pedir por ellos, dos manos para ayudarlos y un corazón para amarlos». Y ella practicaba lo que aconsejaba.

El día del Viernes Santo, puestas las manos sobre el altar de una capilla, renunció a su propia voluntad y a todas las vanidades mundanas. «Afirmo ante Dios, sigue Conrado, que raramente he visto una mujer que a una actividad tan intensa juntara una vida tan contemplativa, ya que algunos religiosos y religiosas vieron más de una vez cómo, al volver de la intimidad de la oración, su rostro resplandecía de un modo admirable y de sus ojos salían como unos rayos de sol».

 

Representación teatral  de Sta Isabel por alumn@s del colegio (2016)